A cuestas con la cuesta: la Cuesta de enero

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Otro año más, puntual a su cita, colofón continuado e inacabable de las fiestas navideñas, el inicio del nuevo año nos trae la famosa y mencionada cuesta de enero.

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Por Jorge Montiel. Psicólogo.

Tantas veces aludida, debatida o maldecida por unos u otros, en la calle, en las casas o en los platós de televisión y, ¿cómo podría definirse realmente la cuesta de enero? Si nos atenemos a la sabia y juiciosa definición de a pie de calle se trata, primordialmente, de la subida del precio de la vida al inicio del nuevo año y sus efectos colaterales, esos que hacen que se nos haga un mundo atravesar el mes de enero hasta alcanzar el más apacible de febrero. Como un mantra no invocado los informativos, tras felicitarnos el nuevo año, enseguida nos espabilan la resaca del día de año nuevo desgranándonos los gastos corrientes que casi invariablemente se encarecen cada ciclo anual: electricidad, gas, agua, carburantes, correos, la cesta de la compra, incluso el casi olvidado y defenestrado tabaco. Es cierto que en ocasiones algunos precios se congelan o bajan un poco –más bien un poquito− e incluso las pensiones tienen una pírrica subida del 0,25% pero este generoso incremento en tiempos de crisis hace que los pensionistas apenas noten su efecto benefactor en el bolsillo. En esta desigual ecuación con dos incógnitas (subidas y bajadas) el balance final se inclina hacia la Y, o sea, que al hacer cuentas siempre ganan los incrementos. Habrá quien se pregunte −retóricamente−: si no podemos hacer nada ante ello, ¿nos lo cuentan con la intención de que se nos atraganten los antepenúltimos polvorones? ¿No sería mejor que nos mantuviesen en la bendita ignorancia mientras aún estamos cavilando los últimos y arduos regalos de Reyes?

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Porque la cuesta de enero es, en realidad, un chorreo, una fuga, una gotera a borbotones, una resaca continuada de gastos que se inicia mucho antes de finales de noviembre, cuando las tiendas −tras la retirada de la tétrica parafernalia de Halloween− nos recuerdan que ha comenzado la entrañable Navidad y es tiempo de… gastar. A partir de este momento y durante al menos dos meses, con este mensaje nada subliminal, los centros comerciales se caldean con miles de consumidores cada fin de semana al ritmo del Jingle bells al tiempo que las cada vez más tardías terrazas de otoño echan por fin el cierre hasta la primavera.

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Sí, a la subida anual de precios en enero le ha precedido indefectiblemente el cataclismo económico en cada hogar con los gastos corrientes y extraordinarios que suponen las celebraciones navideñas. Si durante el mes de diciembre la banda magnética de las tarjetas de crédito ha quedado bien pulida, la llegada de enero, con sus nuevos precios y la generosa trampa de las irresistibles rebajas, le dará otro repaso a la banda. Porque nadie quiere desaprovechar la oportunidad de adquirir ropa, calzado, televisores, frigoríficos u otro móvil, incluso si no son necesarios. Rebajas es sinónimo de oportunidades y nadie en este mundo está para perderlas. La −vista y no vista− paga extraordinaria es como el saludo a un desconocido en el ascensor: hola y adiós. Como dicen los sabios ya habrá tiempo para lamentaciones.

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La cuesta de enero tiene, por tanto, unas connotaciones que sobrepasan ampliamente el efecto económico en las personas. Tiene un efecto psicológico y un impacto emocional que muchos ni siquiera lo perciban conscientemente. ¿Por qué gastamos por encima del sentido común y de nuestras posibilidades? Lo dicho, para lamentarnos después.

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Como si se tratara de un poema homérico a pequeña escala, la cuesta de enero podría simbolizar en cierto modo las fuerzas externas contra las que luchamos durante unos meses excepcionales y cómo se muestran nuestras pequeñas flaquezas de homo sapiens para afrontarlos: la resignación repetida año tras año de que no toque ni la pedrea en los cinco o seis décimos que llevamos; la aceptación natural tras las navidades de que esa dieta prometida y comprometida puede esperar un poco más; el reconocimiento sin fastidio de que ya no vas a volver al gimnasio tras un mes de ausencia; el autoengaño con las rebajas: si lo compramos es porque lo necesitamos y más a esos precios; la dulce paciencia con la que nos comeremos el turrón sobrante hasta febrero; la tristeza o la irritación por aquellos regalos que no se sabe qué hacer con ellos; la asunción anímica de que aún no es el momento de dejar de fumar; y es, sobre todo, no encontrar tiempo ni ánimo para quitar el Belén ni el árbol de Navidad…

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[La Revista de Montecarmelo]

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